IES "RAMÓN J. SENDER"
   -Reseñas Biblioteca-
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La única libertad

La única libertad.
-Marina Mayoral-
Ed. Alfaguara. 2002.

    A Marina Mayoral la conocí hace muchos años leyendo sus análisis y comentarios certeros sobre poesía y prosa contemporánea. Ahora, con la necesidad de saborear lo bien escrito, paladeo"La única libertad", novela que el año pasado se publicó en castellano en una cuidada edición de Alfaguara.
    Presidida por los versos de Luis Cernuda ("Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien/ cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío"), Etelvina, la narradora "por encargo", se marcha de Brétema, después de haber escrito la historia de su familia, Historia de la Braña, que se remonta a sus bisabuelos, los Silva.
    Sus tres tías abuelas, mujeres encantadoras y avanzadas para su tiempo, le animan , le cuentan y le ayudan para que escriba sobre casi todos -y alguno más- de los personajes que configuran este árbol genealógico. Y Etelvina asume el riesgo, aún a costa de sacar a luz sus propias angustias, amores y desamores. Pero el reto es también el de ella como narradora, como escritora de una historia que vamos conociendo, poco a poco, por lo que le cuentan -no siempre de modo imparcial-, por las cartas que llegan a su mano, o por la escrita por ella a su primo Valen, o, incluso, por los fragmentos de un diario (el oficio de escribir aparece, como es obvio, como telón de fondo).
    Con una prosa cuidadísima, ágil, llena de múltiples registros, el arte de contar de Etelvina (bueno, de Marina Mayoral) nos acerca gustosamente a personajes tan humanos y tan vivos como sus tías abuelas, Georgina, Ana Luz y Benilde, o los Morais. Y nos deleita con Inmaculada de Silva y Antón Cañote, y con Black Fraiz, el aspirante a boxeador, y con doña Petronila y su hijo. Y con el escultor, el viejo Morais, espejo de tantos hombres de ayer y de hoy por sus actitudes y sus pensamientos.
    Y con Etelvina, también, a pesar, o tal vez por eso, de ser la narradora, la testigo, y, sobre todo, la enamorada, la mujer que busca, como todos, hallar respuestas a su propia existencia.
    Todas estas vidas, tan distintas y tan cercanas, con sus conflictos, con sus miserias, con sus pasiones, nos hacen sentir una ternura especial por estos seres humanos (¿no eran de ficción?) que resultan ser menos distintos y más próximos a lo que somos o a lo que queremos ser.
    Y no me resisto a la tentación de acabar con uno de esos versos de Luis Cernuda que, sin duda, están presentes en esa única libertad, la libertad de amar: "Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido".
                                                        Grupo Biblioteca. Abril 2003

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